No se como llegó pero la relación se dio, una historia de Leonardo Da Vinci y Don Benito Quinquela Martin…

“El gran polifacético maestro Leonardo Da Vinci invento un sistema o escala de cucharitas, con las que medir colores. Así quería lograr una armonización mecánica. Uno de los alumnos intento utilizar este recurso y, desesperado por la falta de éxito, preguntó a su compañero cómo utilizaba el maestro las cucharitas. “El maestro nunca las emplea”, fue la respuesta”

Esta anécdota fue una realidad comprobada en el escenario de la vida del maestro argentino Don Benito Quinquela Martin, que llego a la misma conclusión cientos de años después entre barcos, serenatas, punguistas y obreros. Con tan solo tercer grado, carbonero y sin educación académica fue un genio que se valió como Leonardo de la vivencia y la experiencia que le otorgo “vivir su propio camino” comprendiendo que cada obra tenia las medidas exactas del color de una emoción o de  algo que era necesario pintar.

Encontré la biografía autografiada por el mismo Benito en la biblioteca del Congreso y hasta esta dedicada a un comisario, un tal Ernesto Díaz. La cual invito a buscar porque además de interesante es muy divertida, escrita por Andres Muñoz, aunque dictada por el mismo con la aceptación sin mas remedio de su dificultad para escribir. “Y es que también a mi me resulta mas fácil cazar que describir cacerías, vivir que escribir, pintar que explicar como pinto”

Hijo adoptivo de Chinchella y de Justina Molina en la Boca, a los 17 años como todo vecino de la Boca se inscribió en la Sociedad Unión de la Boca “una especie de academia universal” donde se enseñaba música, dibujo, pintura y otras cosas. Con las manos ya curtidas por el trabajo, allí descubrió su afición por ser pintor profesional y conoció a su único maestro “el único que tuve en la vida” el pintor Alfredo Lazari. El cual tenia una buena condición y “rara” en los profesores académicos del 1900: “dejaba en Libertad al alumno, para que este explayara su temperamento, buscara su propia expresión y hasta su propia técnica.” Mas tarde topándose con el libro “El arte” de Rodin encontró el concepto estético de inspiración y libertad que lo acompañaría toda su vida. “El arte que exige excesivo esfuerzo de creación no es arte personal ni verdadero”

La calle lo educo e hizo del barrio de la boca su taller. Se rodeo de todo el ambiente artístico  en la peluquería de Nuciforo, el peluquero pictórico, que dejaba los pinceles y agarraba la brocha. El contenido de su obra se ligaba siempre a la fuerza, quizás por que al “El mosquito” como se lo apodaba, no lo ayudaba su contextura física y sus problemas pulmonares. El  estudio que armo arriba de la carbonería “ del viejo” alojo a músicos y poetas de tango y hasta a un limosnero espiritista, y fue a la isla Maciel en busca de paisajes que “ encontré una academia de ladrones” que lo tomaron de maniquí viviente para sus practicas de “punguismo”

Poco a poco se convirtió en un pintor antiacadémico, en un pintor fácil, rápido pero sincero cuando se trataba de pintar su mundo de la Boca.

“A la inversa de lo que ocurre en el trabajo meramente físico, el trabajo donde entra en acción el espíritu, resulta mas fácil, ligero y liviano a medida que uno va aumentando las horas de labor. Dijérase que el espíritu rinde más y con menos esfuerzo cuando mas se le exige. Mas aún; parecería que fuera necesario castigar y fatigar el cuerpo para que el alma eche el resto de potencia creadora”

Sin duda el germen de su genialidad reside en que apreso toda vivencia de “su barrio” y la hizo arte con una pincelada que solo podía crecer en La Boca. Recorrió el mundo y los obreros ganaron la redención en cuadros como El nuevo Cristo”, “Fin de Jornada” y encontraron en el, un mensajeros de los humildes. Su estilo y brochazo único en el mundo, anido en la necesidad de aprender de adentro hacia afuera, no necesitó copiar a los europeos como se estilaba por esos tiempos, el les llevo la Boca por que la llevaba en su corazón y como la amaba, era mas “fácil” de pintar.